Miércoles
11 de Enero de 2012
Estimado
Señor Director:
Como
cada año, mi esposa, mi hija y
dos de mis nietos, nos fuimos a pasar
los días de navidad y año
nuevo a Puerto Vallarta, donde nos esperaban
como sucede cotidianamente, las familias
de mis cuatro herman@s. Mi hijo y su familia
por cuestiones de trabajo no nos acompañaron,
pero ya será para la próxima
ocasión, cuando podamos estar juntos.
Presumo de ser previsor y desde el mes
de agosto compré los boletos para
viajar en avión, porque son más
baratos y porque no me afecta tanto el
presupuesto en el mes de diciembre, ya
que para esa fecha, aboné a la
tarjeta de crédito cuando menos
4 mensualidades y así dispongo
de un poco más de dinero para cualquier
emergencia.
El 21 de diciembre con 2 horas de anticipación
a mi partida (6.30 a.m.) llegué
al aeropuerto de Mexicali, con familia
y equipaje con los kilos justos para no
pagar exceso, porque cobran cada kilogramo
extra, como si fuera a viajar la maleta
en clase ejecutiva.
Para mi sorpresa me encuentro con una
enorme fila de gente que se documentará
por Volaris en dos vuelos diferentes:
uno para México y otro a Guadalajara,
lugar este último a donde nos dirigimos,
para el día 23 volar a nuestro
destino final.
Inexplicablemente la fila no se mueve
por espacio de casi media hora, hasta
que por fin avanza con una lentitud desesperante.
Para nuestra fortuna el semáforo
aduanal prende en verde y no nos revisan
los velices, aunque no llevamos nada que
pudiera causar el pago de impuestos.
Por fin, casi una hora después
de haber llegado a la terminal aérea,
me planto frente a la persona que esta
tras el mostrador y pongo las maletas
sobre la bascula, al mismo tiempo que
entrego las identificaciones de los que
vamos a volar y la clave con las reservaciones
respectivas.
El empleado revisa los documentos y luego
desaparece de mi vista sin decirme nada.
Cinco minutos después, ante mi
desesperación y la de cuando menos
otras 30 personas que están atrás
de mí en la fila, aparece acompañado
de otra persona. Por el gafete me doy
cuenta que es el de supervisor de Volaris.
“El vuelo a Guadalajara está
lleno. Lo voy a mandar a México
y de ahí a Guadalajara por Interjet”
me dice a bocajarro el supervisor de Volaris.
Le digo que tengo mis boletos desde agosto
y que no me puede hacer eso. “Quiero
volar directo a Guadalajara. No tengo
nada que hacer en México y menos
en el aeropuerto, donde no sé cuantas
horas voy a pasar para poder llegar a
mi destino”. El sujeto me dice con
una sonrisa sarcástica: ¿Quiere
volar a Guadalajara directo?, tengo espacio
dentro de tres días si le interesa.
¿Quiere que lo documente para ese
día?
“Mire –le digo- no le contesto
lo que estoy pensando, porque tiene el
sartén por el mango y si me pongo
a discutir con usted, lo único
que voy a sacar es quedarme aquí.
Documéntame a donde le dé
la gana con toda mi familia y ya veré
que hago después”.
“Yo no tengo la culpa de que el
vuelo esté sobrevendido –me
contesta-. “Pues yo menos”,
le reviro. “Documénteme y
ya no me diga nada”.
Quienes escuchaban el dialogo empezaron
a protestar y a todos les decían
que si querían tendrían
que viajar a México y de ahí
a Guadalajara. Una señora de cuando
menos 70 años de edad, le decía
al empleado: “Mi hijo va a ir de
Hostotipaquillo por mí a Guadalajara
a la una de la tarde. No tengo forma de
avisarle que voy a llegar a otra hora.
Si me manda México y luego a Guadalajara
nadie va a pasar por mí y no traigo
dinero para irme al pueblo. Es más,
no traigo ni para el taxi”. “Lo
siento señora se va o se queda”,
le respondió el “diligente”
empleado.
Supuestamente en el aeropuerto de México
estaría personal de Volaris para
indicarnos que hacer. Obvio cuando llegamos
por la puerta 17 no había nadie
y la tripulación del vuelo sólo
se concreto a decir que pasáramos
al mostrador de la aerolínea para
que nos documentaran a Guadalajara.
Pregunté donde estaba el modulo
de Volaris y me dijeron “entre las
puertas 4 y 5”. Le dije a mi familia
que se esperaran en la sala de la puerta
17, mientras arreglaba el asunto y a caminar
por el interminable pasillo. Cuando llego
al lugar que me indicaron, me encuentro
con un mostrador de Interjet. La señorita
que está ahí me dice “Efectivamente
el modulo de Volaris se encuentra entre
las puertas 4 y 5…pero del acceso
al edificio, no de las puertas de abordaje”.
Casi me da un infarto del coraje, porque
sin exagerar había caminado casi
un kilometro en balde. Quienes conocen
el aeropuerto capitalino no me dejaran
mentir. A regresar por la familia y luego
ver lo del equipaje.
Agarro las maletas y llevo a la familia
a un restaurante mientras me aboco a ver
cómo voy a llegar a Guadalajara.
Llego a la ventanilla de Volaris, donde
en forma rápida trato de explicarle
a una señorita mi problema. Me
ve con cara de ¿Wath? y me fija
la vista diciéndome: “¿Le
dieron en Mexicali alguna clave para recoger
sus boletos aquí?, porque yo no
sé nada. Le contesto negativamente
y me dice que va a consultar con un supervisor.
Al rato llega un señor que me ve
como si fuera un extraterrestre y me dice
que nadie les avisó de esa situación
y menos que fueran 30 pasajeros en la
misma situación que yo, pero que
lo espere para hacer unas llamadas.
Como a los 20 minutos regresa y me dice:
“discúlpeme si es cierto
lo que me dice. Le voy a dar cupones para
que coma con su familia mientras veo como
los despacho”
Termino de comer y regreso. “Tenemos
un vuelo a las 8.30 de la noche”.
“nada mas que son las tres de la
tarde”, -le digo- ¿Qué
voy a hacer con mi gente 5 horas? “No
acepto esa solución”. A los
diez minutos me dice: “Le puedo
conseguir a las 7.30 por Interjet”.
Tampoco acepto. Pasan otros 15 minutos
y me ofrece: a las 5.30 de la tarde por
Aeroméxico”. ¡Acepto!.
“Ahorita le doy sus pases de abordar,
pero tiene que apresurarse a tomar el
tren, porque el avión sale por
la terminal 2 y apenas tiene tiempo para
documentar.
Abordar el tren que interconecta las terminales
con el equipaje fue sencillo, porque un
maletero nos auxilio. El problema fue
bajarlo a la llegada en la terminal 2
y llevarlo hasta la sala donde documentaríamos.
No les platico el circo que hicimos para
llegar hasta uno de los mostradores para
que me dijeran que era en la sala siguiente
donde teníamos que documentarnos.
“¿Por qué llega a
esta hora? me dice la muy “atenta”
señorita de Aeroméxico que
me atiende. No le respondo nada. Simplemente
me sonrió. “Lo voy a documentar,
pero tienen que correr a la puerta 65
para abordar el avión. No es mi
responsabilidad si no alcanzan a subirse
y el equipaje se va, así es que
córranle a a toda velocidad a la
puerta “M”.
Parecíamos monitos de caricatura
mis nietos mi señora y yo, que
aún teníamos que pasar por
la revisión de los objetos que
llevábamos en la mano, donde parecía
cosa hecha adrede, por la lentitud con
que avanzaba la gente.
Sin embargo “rayando el penco”
logramos subirnos al avión llegando
con 7 horas de retraso y una vuelta no
programada a nuestro destino.
¡Ahhh!. En el vuelo de regreso por
la misma línea Volaris, me fue
mucho mejor. No me mandaron a México,
pero el avión llegó con
dos horas de retraso a Mexicali. Sin embargo
está historia no termina. En la
próxima entrega les platico lo
peor de Volaris.
Un saludo
jesusvictorf@yahoo.com
09/01/12