Los
no dan una,
Jueves 4 de
Noviembre de 2010
El
hombre no es hijo de las circunstancias.
Las circunstancias son hijas del hombre.
Benjamín Disraeli.
Miseria y temor encierran los grandes
pesares que está viviendo la
mayoría de los mexicanos. Nunca
antes -hemos llegado a esa edad- se
habían conjuntado tantas desgracias
y por tanto tiempo. Las páginas
de la historia no consignan hechos
ni límites de tensión
como los que estamos padeciendo actualmente.
Poco a poco se va perdiendo la capacidad
de asombro y vemos y comentamos como
si nada las matanzas de Tamaulipas,
Chihuahua, Tijuana y otras y la violencia
de la naturaleza en Tabasco, Chiapas,
Veracruz, Oaxaca y en entidades donde
los sapos no saben nadar, como es
el de Nuevo León.
Hace justamente 46 meses, en Palacio
Nacional, ante gobernadores y legisladores
en pleno, con luces de escenografía,
cámaras de cine y televisión,
periodistas, muchos periodistas y
corresponsales extranjeros, Felipe
Calderón anunció la
guerra a la delincuencia organizada
y sacó a los soldados a la
calle. Han pasado ya más de
tres años y medio y el saldo
es de 30 mil muertos. De ellos, 29
mil son malvivientes, 600 policías
y militares y casi 400 civiles inocentes,
englobados en lo que el propio personaje
calilficó como daños
colaterales.
El saldo y el dolor los imputa ahora
a su antecesor, el ranchero guanajuatense.
Y el descrédito y la desconfianza
lo carga su partido, el de Acción
Nacional.
La verdad monda y lironda es que el
hombre de Morelia no ha dado con la
clave del asunto, cosa nada fácil
como se comprenderá. Están
a la vista los fracasos de los cuerpos
de inteligencia del gobierno y la
incapacidad de algunos de los hombres
del primer círculo y se persiste
en una acción ofensiva que
lo único que produce es terror
y descofianza.
A diario se descubre la colusión
hampa-servidores públicos y
no se ataca ese flanco. Es más,
este flagelo ha llegado a la misma
iglesia católica, como lo reconoció
públicamente la Arquidiócesis
de México, o sea que estamos
rodeados de cochinadas. La connivencia
que impide un avance en esta lucha
radica fundamentalmente en los municipios.
Allí es donde uniformados,
funcionarios y emepes hacen de las
suyas: consienten y protegen las actividades
delicitivas y tejen una red de contubernio
que alcanza esferas nacionales.
Siempre se ha dicho y sostenido que
la corrupción es el mal mayor
y eso lo consignan también
los organismos internacionales; sin
embargo nada, nada se hace al respecto.
Hay sí programas de moralización
pero son meramente para aspectos publicitarios.
La corrupción nos ahoga y el
conjunto coral de Los Pinos, en donde
destacan los secretarios de Educación
-¡que ya se quite los guantes,
por favor!-; el de Economía,
Trabajo, Hacienda, Función
Pública, Seguridad Públilca,
Gobernación, el procurador
venido del Estado Grande y otros más,
insisten e insisten en que en México
no pasa nada; que todo está
bajo control y que vivimos momentos
coyunturales como resultado de los
vaivenes internacionales.
El equipo presidencial no es propiamente
el idóneo para estas circunstancias.
Muchos de sus integrantes están
más dedicados al futurismo
político que al desempeño
de sus actividades. Y no es que sean
las grandes maravillas en sus cargos
pero si cada quien hiciera su labor
como corresponde y a la cual están
obligados, posiblemente se pudieran
dar unos pasos adelante en este problema.
Lamentablemente el equipo presidencial
no sabe cómo hacerle.